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viernes, 20 de abril de 2018
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La Ex-CVR y sus Ansias de Resurrección Política

Jorge Salcedo Moron
Las guerras se pierden o ganan desde época de paz, son cíclicas y pendulares y traen grandes riquezas a los victoriosos y vergüenza, hambre, miseria y corrupción a los perdedores.

Indudablemente, la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) no dará por terminada su vigencia mientras no logre los fines que se propuso cuando "maquinó" su existencia dentro del quehacer de la política nacional; y sus fines no han sido hallar la verdad dentro del contexto de la violencia que vivió el país entre los años 1980—2000; sino, como lo proyecta su Informe Final, causar el mayor daño posible a las FFAA, no sólo para cas­tigarlos por el hecho de haber destrozado el aparato militar de las organizaciones terroris­tas de Sendero Luminoso y el MRTA y haber encarcelado a sus líderes; sino, y esto es lo más importante, quitarles a futuro, ante la posibilidad de un resurgimiento terrorista, sus capacidades materiales como FFAA, buscar el “olvi­do de la violencia terrorista” y la excarcelación de los cabecillas presos a cambio del “perdón” de las militares investigados, enjuiciados y posiblemente presos.

Este concepto tiene sus fundamentos no sólo en el cuestionado nacimiento de la CVR y su mañosa conformación, a todas luces inmoral por la afinidad ideológica entre los causantes de la violencia y la gran mayoría de los “comisionados”, sino que también por la inusual, millonaria, maquiavélica y satanizadora campaña con la que trataron de “sembrar” en la mente de la opinión pública nacional e internacional, “su verdad”, trasnochada, sesgada y manipuladora.

Al respecto, cualquier ciudadano común y corriente, con dos dedos de frente y que no sea comunista, de cualquier color, que hubiera recibido el encargo de investigar la violencia en un periodo determinado, no pudo ha­berse dedicado a investigar a las personas envueltas en los hechos si antes investigar el “ambiente” de la violencia bajo la cual actuaron, porque sería una investigación errática y sin realidad; ya que la violencia no es una persona o alguna cosa; es una consecuencia, un estado de ánimo coyuntural, forjado por la sumatoria de una serie de circunstancias; si bien es pro­ducida por personas, es ajena a ellas, no es parto de sus valores normales y es capaz de ejercer tal presión sobre las personas que pueden modificar su comportamiento y su conducta normal frente una situación dada, colocándola entre la aspada y la pared y con una sola y aislante alternativa; o muere él o muero yo. Un profesional de la psicología podría explicar científicamente esta situación. ¿Y cuál fue el ambiente que envolvió esta violencia? Este es el quid del problema que la CVR mañosa deliberada o ingenuamente obvió.

Un soldado se prepara para el combate, situación extrema que define, en un momento crucial y sin retorno, la calidad de la preparación recibida y de las fuerzas morales con las que se pudo dotar a su espíritu; no hay otro momento en la vida del soldado que le permita evaluarse y determinar su real comportamiento frente al hecho consciente de enfrentar el peligro; y no me estoy refiriendo a las reacciones momentáneas, impensadas frente a un peligro inesperado. ¿Saben ustedes qué pensaba el comando días antes, horas antes y segundos antes de la explosión que le permitiría irrumpir en los ambiente interiores donde estaban los rehenes de los terroristas del MRTA? Pensaba en Dios, en su vida, en su muerte, en su familia, en sus padres, en su patria, en sus compañeros, en su institución, en su mi­sión; y tuvo la fuerza moral suficiente para poniéndose encima de estos valores, ¡cumplirla!.

Hay otros momentos del soldado, como el caso de alguna patrulla militar, en Ayacucho a partir del año 1983 en el que Sendero Luminoso, habiéndose potenciado en los tres años "de gracia" que les dio el Estado considerándolos abigeos, habían ganado un imagen de ferocidad e insania que comenzó años antes, cuando encontraron los cuerpos de los policías que días atrás habían sido emboscados y capturados, quemados, cortados, mutilados; cuando la prensa difundió las incursiones terroristas en los pueblos del interior reuniendo a los pobladores, asesinando a machetazos o pedradas a los que acusaban de soplones o que habían apoyado a los militares o acusando de oligarcas a los comerciantes; o que obligaban a los niños a empuñar una pistola y matar a sus autoridades; o que encontraban a sus propios compañeros, que habían sido capturados por los senderistas, sin testículos, desfigurados; fue tal el punto al que llegó esta imagen, que la gran preocupación de los soldados se sumía en la siguiente frase: “Antes muertos que heridos”.

Con esta imagen del enemigo en sus mentes salían las patrullas militares para enfrentarlos y capturarlos. Imaginémonos la efervescencia emocional que vivían esos espíritus en esos momentos, el mundo quedaba reducido al campo de combate, donde el oficial (hermano mayor) y sus saldados (hermanos menores) se enfrentaban al enemigo y a la muerte. Ese sentimiento fraternal propio de los militares en combate, es lo que comenzaba a acelerar los latidos de los corazones y comenzaba a hacer aflorar las sentimientos de cólera, ira, venganza, que hacía que el saldado pierda sus inhibiciones humanas, no mida el peligro y se exponga a él sin importarle las consecuencias. Y cuando después de 4 o 5 horas de combate y persecución se llegaba a un poblado, se daba con la sorpresa de una población pacífica donde aparentemente no había terroristas. Se reunía a la autoridad y los pobladores para conversar con ellos, de repente, en un extremo, una explosión 2 ó 3 soldados heridos, nuevamente el furor, la ira, se agolpaban en la mente de los militares ¿qué había pasado? Una terrorista camu­flada que escondía una carga de dinamita entre las piernas, la había encendido y lanzado contra los soldados. La discul­pa de los pobladores: no la de­nunciaron porque los habían amenazado; desde ese mo­mento, en un poblado, existían terroristas y pobladores amenazados, en ninguno se podía confiar. Hasta que los militares encontraron algún método para identificar a unos y a otros, imaginemos todas las equivocaciones, malas apreciaciones, errores de interpretación, que tuvieron que experimentar.

Esto es lo que mañosamente obvió la CVR porque no quería que la opinión pública pudiera encontrar explicación en algunos de los comportamientos militares.

La Razón
24 de diciembre del 2003

 
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